Hoy es un día más, pero de mucha felicidad.
Hoy es un día más, pero de mucha felicidad.
Muchas veces hemos estado en el suelo, sintiéndonos perdidos, sin aliento, sin ganas de seguir luchando y con el deseo de que todo termine, pero afortunadamente hemos logrado levantarnos, sacudirnos el polvo y seguir adelante, con la frente en alto, con la esperanza y los sueños renovados, y con una sonrisa que le indica a quienes nos rodean de que todo está muy bien, que la tormenta ha pasado y que estamos disfrutando de esa recompensa que nos merecemos, que el tiempo de cosechar ha llegado para nosotros.
Y es que una sonrisa en nuestros labios indica que todo es maravilloso, que el sendero por el que caminamos ya no es tan estrecho como siempre lo había estado, que las estrecheces por las que pasamos han quedado en el olvido como un mal sueño que casi ya no recordamos, que mantener la frente en alto indica que ya no tenemos miedo de tropezar y que si lo hacemos tal vez solo sea parte de algo que no debe de importar.
Hoy como todas las tardes me dispuse a realizar mi caminata vespertina, con la esperanza de siempre de reducir la grasa que a través del tiempo se ha acumulado en lo que una vez fue la cintura, siempre me preparo minuciosamente para llevar lo necesario para que sea placentera, teléfono, audífonos, mentas, cartera, el mentado tapabocas y por supuesto muchas ganas de hacer cada día un recorrido más largo sin llegar a los extremos, por aquello del dolor de pies en las noches.
Durante el recorrido por lo regular me encuentro con un sinnúmero de personas que hacen lo mismo que yo, por ser asiduo con que he llevado a cabo la rutina, muchas de ellas ya me son conocidas, nos saludamos tan solo con movimientos imperceptible, con miradas de complicidad, sonrisas forzadas o simplemente nos observamos.
Casi al llegar a la mitad de lo que es mi recorrido, sentí que una de las agujetas de mis zapatos estaba flojo o desatado e hice un alto para corregirlo, agacharme es para mí una proeza, al hacerlo, con asombro me di cuenta de que traía un zapato diferente en cada pie, me sentí abochornado, emprendí el regreso por un sendero diferente con la esperanza de no encontrarme con persona alguna, y mucho menos conocida.
La tarde me pareció demasiada fría, aunque mi corazón sentía más el frío de tu ausencia y mi mente se resguardaba poco a poco de los gélidos tiempos que tendría que pasar porque ya no volverías a estar conmigo, porque el futuro ya no sería el que habíamos imaginado en esas noches que más que las palabras y las caricias, lo que lo hacía importante es que estábamos juntos, mirando la misma luna, las mismas estrellas, mirándonos a los ojos y disfrutando la cercanía de nuestras almas.
Recordar por todo lo que hemos pasado, para que ahora nuevamente estemos juntos, nos sirve para reconocer lo afortunados que hemos sido al tener la oportunidad de volver a reconstruir lo que quedó pendiente, de continuar edificando los sueños que tuvimos, de hacerlos realidad y de compensar los momentos difíciles que pasamos lejos uno del otro, de sentir nuevamente esa emoción que hace que la vida vuelva tener sentido.
El cielo guarda celosamente esa promesa que todos deseamos tener, y es como si nos indicara que ya nada puede ser peor, que ha pasado la tormenta en que estábamos hundidos y se acerca un tiempo diferente que nos hace reflexionar y al mismo tiempo agradecer por haber llegado hasta donde nos encontramos, con nuevos sueños, nuevas esperanzas y con la fuerza suficiente para seguir adelante con todo eso que teníamos en la mente.
La noche de anoche, fue como un anticipo de lo que está por venir, de un futuro transparente, iluminado y lleno de vida, por lo que debemos elevar esa plegaria de agradecimiento, y más que nada por el amor que inunda nuestro corazón.